Infancias en mundos virtuales: niños que socializan a través de videojuegos en línea
- Max Terán

- 6 oct 2025
- 9 Min. de lectura
Una nueva forma de socializar
En mi práctica clínica, cada vez es más común escuchar a niños y niñas de 6 a 12 años narrar sus aventuras sociales en mundos virtuales. Hablan de amigos a los que nunca han visto en persona pero con quienes construyen casas en Minecraft, exploran universos en Roblox, cantan canciones de Streamers y saben de más de la vida de un YouTuber que de sus propios compañeros de escuela. En la sala de espera de mi consultorio (Interapia), he visto cómo sus ojos brillan contando la última misión superada en equipo, su ultima grabación de "su canal" o ansiosos porque ya saldrá una promoción de monedas o "updates" de un videojuego que no se pueden perder. Esta nueva forma de socialización digital se ha vuelto parte cotidiana de su infancia: ya no solo se juega en el barrio, la cancha o en la escuela, ahora también se juega y se hace amigos a través de la pantalla.
Niños jugando a videojuegos en línea en distintos dispositivos. A través de plataformas populares, forjan amistades virtuales y comparten logros en el juego. Esta realidad refleja una tendencia global. Plataformas inmersivas como Roblox, Minecraft o incluso títulos no diseñados para su edad como Grand Theft Auto, se han convertido en puntos de encuentro virtual. Por ejemplo, Roblox – un universo de juegos creados por usuarios – ha ganado enorme popularidad entre los más jóvenes; en países como España, más del 40% de los niños de 6 a 12 años han jugado Roblox al menos una vez. Exploran mundos, compiten en minijuegos y hablan con sus micrófonos (muchas veces silenciados ante otras personas en misma habitación) . Minecraft, por su parte, les permite dar rienda suelta a la imaginación al construir todo tipo de estructuras juntos. Incluso juegos de corte más adulto como GTA Online o el omnipresente Fortnite atraen la curiosidad de preadolescentes, ofreciéndoles entornos abiertos donde interactuar con cualquiera que esté conectado.

Creatividad, pertenencia y resolución de problemas en línea
Estos espacios virtuales no son completamente negativos. De hecho, ofrecen oportunidades valiosas para el desarrollo. He visto a niños tímidos en persona florecer creativamente al mostrar con orgullo la mansión que construyeron en Minecraft o el nivel que lograron en Roblox. Los videojuegos, cuando están bien diseñados, logran satisfacer necesidades humanas básicas: la diversión, el sentido de logro y la conexión con otros. Según expertos, el juego digital puede brindar emociones positivas, sentimiento de implicación e incluso la creación de lazos de amistad.
La creatividad es una de las grandes beneficiadas: juegos como Minecraft o Roblox permiten desplegar la imaginación, ya sea construyendo una casa desde cero en un mundo virtual o resolviendo retos complejos. Muchos niños encuentran en estas plataformas un lienzo abierto donde pueden experimentar, probar ideas y ver resultados inmediatos de sus creaciones. Este tipo de juego fomenta también la resolución de problemas: superar un obstáculo en un nivel difícil, coordinarse con amigos para ganar una partida de algun juego colaborativo en Roblox o hallar estrategias para avanzar en una misión les enseña a persistir, intentar, fracasar y volver a intentar. No es raro que a través del juego desarrollen cierta resiliencia ante la frustración – después de todo, si un plan falla en el juego, hay que replantearlo y volver a empezar. Así jugábamos nosotros Mario Bros por horas...
Además, los videojuegos en línea pueden ofrecer un sentido de pertenencia muy real. Para un niño que tal vez se sienta aislado, entrar a Roblox o Fortnite y encontrarse con sus “amigos virtuales” puede ser parecido a llegar al parque y ver a los compañeros de juego esperando. Colaborar en una misión o simplemente compartir risas por chat de voz genera un primer lazo. Estudios señalan que jugar en colectivo permite entablar vínculos sociales auténticos; la intimidad y amistad que surgen de estas interacciones online pueden llegar a ser tan valiosas como las que nacen en un equipo deportivo o en el salón de clases. En mi consulta, he escuchado a chicos describir con entusiasmo cómo su “grupo” del juego los apoyó un día difícil o cómo se sienten parte de una comunidad en su servidor de Minecraft. Es evidente que estos entornos les brindan un espacio donde sentirse aceptados y valorados, lo cual es fundamental para cualquier niño.
Lo que se pierde en el camino: habilidades sociales en riesgo
Sin embargo, junto a estos beneficios, observo también riesgos a considerar. Cuando gran parte de la interacción ocurre a través de una pantalla, ciertas habilidades sociales "normales y necesarias" pueden quedar relegadas. Una madre me contaba preocupada que su hijo de 10 años se expresa con soltura mediante mensajes en el juego, pero en persona apenas la mira a los ojos al hablar o solo lo hace usando frases, palabras y/o temas de sus "youtubers" favoritos. ¿Qué está ocurriendo?
Por un lado, la empatía y la lectura del lenguaje no verbal pueden verse disminuidas. En un juego en línea, si un amigo está triste o molesto, el niño quizás no lo perciba —no ve sus ojos aguados ni su postura decaída— a menos que se lo escriban con un emoji (si es todo un diccionario...). Gran parte de la comunicación humana ocurre a través de gestos, miradas y tonos de voz sutiles; elementos que en el chat de texto (o incluso en la comunicación por micrófono) se atenúan o se pierden. Esto implica que nuestros hijos podrían estar socializando sin el “entrenamiento” completo en reconocer emociones ajenas en tiempo real. El riesgo a largo plazo es una menor práctica de la empatía: les cuesta más “ponerse en los zapatos del otro” si nunca ven la reacción del otro rostro a rostro.
Relacionado a esto, el lenguaje corporal y no verbal —sonrisas, silencios compartidos, el “feedback” inmediato de una mueca— queda fuera del radar. Un niño que pasa más tiempo socializando mediante y atravesando de una pantalla puede no desarrollar con la misma facilidad la habilidad de interpretar esas señales cara a cara. He notado en algunos pacientes jóvenes cierta torpeza al interactuar en persona: no saben bien cómo iniciar una conversación fuera del contexto del juego, o se incomodan con el contacto visual prolongado, algo que practican poco en sus horas de ocio virtual. O inclusive, si no es de un tema relacionado al videojuego difícilmente la iniciacion, mantenimiento y alternancia de la conversacion se logra.
Otra dimensión es el juego simbólico y la imaginación interpersonal. Tradicionalmente, los niños inventan juegos y escenarios usando cualquier objeto (desde palos que se vuelven espadas hasta muñecos que cobran vida en sus manos). En los videojuegos, si bien la creatividad existe, el marco está predefinido por la plataforma: hay reglas, físicas del juego, límites establecidos. Jugar a las casitas en Roblox no es lo mismo que jugar a las casitas con mantas y muebles reales, donde los niños negocian las reglas sobre la marcha, asumen roles imaginarios libres y ejercitan una creatividad sin guiones. Cuando la mayoría de sus aventuras ocurren en entornos digitales, puede haber un desplazamiento del juego simbólico espontáneo. Esto no significa que la imaginación desaparezca, pero sí que se canaliza casi exclusivamente a través de estructuras dadas por otros (los desarrolladores del juego), en lugar de surgir 100% de la mente del niño en colaboración cara a cara con otro niño.
Asimismo, está el tema de la resolución de conflictos en persona. En el recreo, si dos niños discuten sobre a qué jugar o se pelean por un juguete, eventualmente (con o sin ayuda adulta) deben afrontar ese conflicto, hablar, quizá enfadarse y reconciliarse. En un juego en línea, ante un desacuerdo o una situación incómoda, es fácil desconectarse o salir del servidor. Si alguien te molesta, lo bloqueas y listo. Pero en la vida real no podemos “bloquear” a un compañero de clase o rage quit de nuestras responsabilidades sociales. Me preocupa que niños acostumbrados a las dinámicas virtuales tengan menos oportunidades de practicar habilidades de negociación, tolerancia a la frustración y conciliación fuera del juego.

Ansiedad, aislamiento e interacción empobrecida
A nivel clínico, estoy observando un aumento en ciertos síntomas vinculados a esta transición de la convivencia física a la convivencia virtual. Por ejemplo, varios niños manifiestan ansiedad notable: se inquietan y irritan cuando no pueden acceder a sus juegos, o muestran un nerviosismo inusual al interactuar en entornos sociales reales, como si se sintieran fuera de su zona de confort si no hay un pantalla de por medio. Algunos incluso presentan lo que en otros contextos llamaríamos síntomas de abstinencia: cambios de humor, enojo o angustia los días que no pueden jugar. Esto coincide con reportes recientes que indican que cerca del 10% de los jóvenes podrían desarrollar una relación poco saludable con los videojuegos, mostrando irritabilidad o ansiedad cuando se les restringe el juego.
El aislamiento es otra señal de alarma. Paradójicamente, un niño puede decir que “tiene muchos amigos” porque a diario juega con diez personas en línea, pero al mismo tiempo pasar las tardes físicamente solo en su habitación o en el recreo... Aunque en el espacio virtual estén rodeados de gente, el cuerpo les sigue indicando soledad: no hay contacto físico, no hay un abrazo, no hay miradas cómplices más allá de la pantalla. Con el tiempo, esta dinámica puede llevar a un empobrecimiento de las habilidades sociales reales y a un sentimiento de aislamiento profundo.
Por último, la interacción cara a cara empobrecida se hace evidente en detalles sutiles. Algunos han perdido fluidez para jugar fuera del contexto digital: no saben “qué hacer”, se aburren rápidamente si no tienen un dispositivo, o muestran torpeza al invitar a un amigo a casa (porque ya no están acostumbrados a simplemente pasar el rato hablando o jugando sin una pantalla de por medio). Estas conductas sugieren que la balanza se ha inclinado demasiado hacia lo virtual, restando oportunidades de practicar la comunicación interpersonal en el mundo físico.

Observar, comprender y acompañar: el rol de madres y padres, educadores y terapeutas.
Ante este panorama, el llamado no es a satanizar la tecnología ni a tirar la tablet o switch por la ventana (Ha sido mi lema al guiar y hablar de pantallas), sino a recuperar el equilibrio y la presencia consciente de madres, padres y cuidadores en este aspecto de la vida de sus hijos. La clave está en observar, comprender y acompañar.
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Observar significa estar atentos, informados y presentes. ¿Qué juega mi hijo? ¿Con quién habla en esos mundos virtuales? Es importante conocer las plataformas que utilizan: no es lo mismo un servidor creativo de Minecraft, que una sesión abierta de GTA Online con desconocidos a edades tempranas. Estar presentes implica también establecer límites saludables en cuanto a tiempos y contenidos, desde un lugar de cuidado y no de imposición ciega. Si notamos cambios de humor, problemas de sueño, descenso en calificaciones o evitación de actividades que antes disfrutaba, tomémoslo en serio: puede ser la forma en que nuestro hijo nos muestra que algo no anda bien en su balance entre vida real y virtual.
Comprender es el paso siguiente. Para poder guiar a nuestros hijos primero debemos empatizar con lo que significa el mundo digital para ellos. En vez de descartar sus videojuegos como “tonterías”, intentemos ver lo que ellos ven: la emoción de una aventura, el orgullo de ganar un torneo online, la amistad genuina que puede haber al otro lado del chat. Muchos padres descubren, al sentarse a jugar con sus hijos, que estos tienen todo un universo que vale la pena explorar juntos. De hecho, expertos en crianza digital sugieren a los progenitores jugar con sus hijos y dejar que sean ellos quienes nos enseñen cómo funciona su juego favorito. Ese gesto de interés abre puentes de comunicación enormes. El niño siente: “Mamá entiende por qué me gusta, papá se interesa en mi mundo”. Desde ahí, nuestras recomendaciones tendrán mucho más peso. Si luego le decimos “veo que la estás pasando bien, pero ya llevas dos horas, ¿qué tal si descansas?”, es más probable que coopere, porque sabe que no queremos privarlo de algo valioso, sino proteger su bienestar.
Por último, acompañar. No se trata solo de vigilar, sino de estar presentes como guías en su vida digital. Acompañar es conversar regularmente sobre lo que hacen en línea, preguntarles qué fue lo mejor y lo peor de su día en el juego, conocer a sus amigos virtuales (quizá incluso conversar con los padres de esos otros niños si es posible). Implica también enseñarles a equilibrar: recordarles amorosamente la importancia de otras actividades —salir a andar en bicicleta, invitar a un amigo a casa, pintar, tocar un instrumento—, mostrarles que entendemos la emoción de jugar en línea pero que el mundo real también ofrece experiencias enriquecedoras.
Es crucial predicar con el ejemplo:
si el niño nos ve también a nosotros pegados al teléfono todo el día, el mensaje pierde fuerza.
En resumen, la socialización a través de videojuegos en línea es un fenómeno complejo y creciente. Como profesional y como padre, veo en él tanto un terreno fértil de oportunidades (creatividad, amistad, aprendizaje) como un campo minado de desafíos (aislamiento, ansiedad, brechas en habilidades sociales). No podemos meter a nuestros hijos en una burbuja ajena a la era digital, pero sí podemos ser sus compañeros de viaje en este mundo virtual que para ellos es real en muchos sentidos.
Observemos con ojos atentos pero sin alarmismo desmedido. Comprendamos desde la empatía, poniéndonos en su lugar y actualizándonos en lo que les interesa. Y acompañemos con amor firme: poniendo límites cuando haga falta, tendiendo puentes entre lo online y lo offline, y asegurándonos de que nuestros niños sepan que, más allá de cualquier pantalla, aquí estamos listos para jugar el juego de la vida juntos.
Instagram:maxteran_terapeuta




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